Alquimia
La diferencia entre la alquimia y cualquier otro arte sagrado reside, pues, en que la maestrÃa no está a la vista, como en la arquitectura o la pintura, en un plano externo y “artesano”, sino que se realiza sólo interiormente, pues la transformación del plomo en oro, la sÃntesis del elÃxir de la larga vida y el advenimiento de la piedra filosofal, que es en lo que consiste el magisterio alquÃmico, supera las posibilidades de la artesanÃa. Lo prodigioso de este proceso, el cual supone un salto que, a juicio del alquimista, la naturaleza puede dar sólo en un tiempo incalculable, constituye precisamente la diferencia entre las posibilidades materiales y las espirituales; mientras que la materia mineral –cuyas disoluciones, cristalizaciones, fusiones y combustiones reflejan en cierto sentido las transformaciones del alma– permanece sujeta a ciertas leyes fÃsicas, el alma, gracias a su encuentro con el espÃritu que no está ligado a ninguna forma, puede vencer las presiones psÃquicas que ocupan el lugar de dichas leyes.
El plomo representa el estado caótico, bruto y quebradizo del metal o del hombre interior, en contraposición al cual el oro, “luz solidificada” y “sol terrenal” expresa la perfección tanto en el reino de los tales como en la condición humana. En el concepto alquÃmico, el oro es el verdadero objetivo de la naturaleza mineral; todos los demás metales son etapas preliminares o tentativas para llegar a él; sólo el oro posee un perfecto equilibrio de las propiedades de todos los metales y, por tanto, también inmutabilidad. Por tanto, los alquimistas no pretendÃan, según se ha dicho, convertir en oro los metales ordinarios aplicando ciertas fórmulas secretas en las que sólo ellos creÃan. El que realmente deseaba esto, pertenecÃa a la clase de los llamados “carboneros”, que sin estar vinculados a la verdadera tradición alquÃmica, trataban de realizar la “Gran Obra” mediante el simple estudio de los textos, que entendÃan sólo superficialmente.
La alquimia es una mÃstica en lo que tiene de camino que permite al hombre llegar al conocimiento de su naturaleza inmortal. Los sÃmbolos alquÃmicos de la perfección apuntan al dominio de la condición humana por el espÃritu, al retorno a los orÃgenes, a lo que la mÃstica de las tres religiones monoteÃstas describe como recuperación del ParaÃso terrenal. La esencia y el fin de la mÃstica es la unión con el SELBST. De esto no habla la alquimia, pero en el camino de la mÃstica figura el restablecimiento de la «nobleza» primitiva de la condición humana y su simbolización. En primer lugar, hay que recobrar la pureza del sÃmbolo hombre para que sus contornos puedan incrustarse de nuevo en la imágen original. De manera que la conversión del plomo en oro, en su sentido espiritual, no es otra cosa sino la recuperación de la nobleza original de la condición humana. Del mismo modo que las inimitables propiedades del oro no se consiguen mediante la combinación externa de las distintas cualidades de los metales, como masa, dureza, color, etc., asà alcanzar ese estado original tampoco es una simple acumulación de virtudes; es un proceso inimitable y único , y el hombre que lo ha realizado, no puede medirse con otros hombres; en él todo se da de primera mano, y en este sentido, su naturaleza es original. Puesto que la realización de este estado incumbe necesariamente a la mÃstica, la alquimia puede considerarse también como una herramienta de ésta.
La alquimia observa el juego de las fuerzas del alma desde un punto de vista puramente cosmológico y trata al alma como si fuera una «materia» que se hubiese de purificar, disolver y cristalizar de nuevo. Actúa como una ciencia o un arte natural, pues todos los estados de conocimiento interior son para ella sólo manifestaciones de la Naturaleza Espiritual, que abarca tanto las formas externas, visibles y materiales, como las internas y psÃquicas. Por ello, la alquimia tiene cierto carácter contemplativo; no consiste simplemente en un mero pragmatismo sin penetración espiritual; su vertiente espiritual y contemplativa se asienta precisamente en su forma concreta, en la analogÃa entre lo psÃquico y lo mineral, pues esta semejanza sólo puede establecerse mediante una observación que considere la materia desde el punto de vista cualitativo, o sea, en su cualidad interior, y al alma “materialmente”, es decir, como si se tratara de un objeto. Dicho con otras palabras: la cosmologÃa alquÃmica contiene una teorÃa del ser, una ontologÃa , asà el sÃmbolo metalúrgico no es sólo un recurso, una descripción aproximada de unos procesos internos: como todo sÃmbolo auténtico, constituye una especie de revelación.
Con su observación “impersonal” del mundo del alma, la alquimia se aproxima al camino del conocimiento entendido éste como “gnosis”. Pues es prerrogativa de la gnosis –en el sentido auténtico de la palabra, sin implicaciones heréticas– observar objetivamente el alma propia, en vez de sentirla de un modo subjetivo. Por ello, la mÃstica orientada hacia el saber emplea a veces expresiones alquÃmicas para todo aquello que ha incorporado plenamente de los procesos del SER.
La expresión “mÃstica” deriva de “secreto” o “sumirse” (del griego myein); la esencia de la mÃstica escapa a toda interpretación racional, y lo mismo puede decirse de la alquimia.



6 Mayo, 2007 at 2:14
Este artÃculo contextualiza lo expuesto en Spagyria,dándole un marco referencial más amplio.
Se hace notar que todo este desarrollo es una analogÃa referente a los procesos psicológicos.