El dogma
Por: Juan José Grego
El “dogma” va acompañado siempre de un cierto horror vacui, una falta de suelo y de fundamento en que la mera creencia se convierte en sólida y tajante afirmación. Bajo “dogma” se toman las creencias que carecen de explicación y se caracterizan por la inexcrutabilidad, pero vemos que no es exclusividad de lo trascendente, el “dogma” donde primero nace es en la razón.
Lo enfermizo del “dogma” no es tan sólo que carezca de fundamento y oculte esta carencia, sino que la forma de ocultarlo sea llevarlo al otro extremo, al de la firmeza, y al de la confianza en esa vacuidad como fuente oculta e inalcanzable donde radicarÃa toda explicación, y en esta y desde esta seguridad afirmarnos en el que creemos un principio cierto.
El argumento de autoridad es otro ejemplo. El “dogma” supone que la razón misma se anule, es decir, que en lugar de mostrarse razonable o razonante, se encargue de encubrir la inexistencia de razones, que se oculte a sà misma y esconda la cabeza bajo tierra. Asà la razón dogmática quiere alicatar un suelo inexistente, con unas respuestas que detengan la pregunta y borren los signos de interrogación. Quiere crear consuelo para pisar sobre el abismo, pero no puede evitar que al descubrir el vacÃo nos precipitemos todos.
El problema no es ignorar las cosas, sino dar la espalda a las preguntas esgrimiendo cualquier respuesta de mercadillo, con un “porque es asÔ y un “porque lo dijo tal”, o incluso un “da igual que no haya porqué”,o la tajante negación sin esfuerzo que niega igualmente la pregunta y aisla todo cuestionamiento.
El dogma se nos muestra como el ocultamiento de la ausencia de razones y fundamento, por parte de la misma razón, un intento de estar sobre el abismo con seguridad al no verlo, al ignorarlo. Tampoco el pensamiento humano ha hecho gran cosa, no ha negado el abismo, es cierto, pero no ha dado un sólo paso sin colocar losetas que poder pisar; sin quitar otras puestas que pudieran ceder y asà un largo etcétera. En realidad, este pensamiento , este saber de la actual civilización, no se ha movido del borde del abismo gritándoles a los que sobre él creÃan pisar suelo seguro un:”¡cuidado allà no se puede estar!”…
Pero a la par que se manifiesta la inquietud y la incertidumbre, se siembra el miedo: el abismo no deja de estar, y ahora no se detiene ni la pregunta ni el mundo, sino el hombre, este queda anclado, detenido sin poder dar un paso. Un paso que debe dar un individuo, al que no le preocupe ni el consuelo ni el fundamento y menos las tempestades y los terremotos, que son consecuencia de su parálisis. De hecho, el abismo se ha venido negando, negando al individuo, el hombre se ha desconocido siempre a sà mismo, y más cuando la radicalidad de su naturaleza, la muerte, carente de explicación, ha pretendido ser negada mediante la implantación de la fe salvÃfica. Pero la fe precisamente por creencia y por tanto sin la seguridad y la confianza que el dogma le otorga, esa misa fe nos ha de llevar a sumergirnos en la propia incertidumbre sin miedo. Cuando la fe muestra su verdadera fortaleza de espÃritu es cuando por ella no tememos sumergirnos en nosotros mismos, cuando perdemos el miedo sin consuelos y esperanzas; cuando de ella separamos el dogma, y sin más remedio, afrontamos la incertidumbre misma de nuestro ser.
Fuente : Ignacio Pajón Leyra.



18 Mayo, 2007 at 18:02
…esa misma fe nos ha de llevar a sumergirnos en la propia incertidumbre sin miedo… cuando perdemos el miedo sin consuelos y esperanzas; cuando de ella separamos el dogma, y sin más remedio, afrontamos la incertidumbre misma de nuestro ser.
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Fantástico texto. Muchas gracias!