Recursos de la autodestrucción
Si la muerte es tabú en nuestra sociedad, el suicidio lo es más aun. En la polaridad vida-muerte que es la vida, nuestra cultura se resiste a mirar la zona oscura, llegando a veces a extremos paradójicos y contradictorios.
Cioran es contundente y al mismo tiempo honorable en su énfasis en la principal caracterÃstica del ser humano: la capacidad de elegir, incluso y sobre todo, hasta cuando quiere seguir viviendo.
No es una apologÃa al suicidio, ni el uso narcisista de cómo estará el mundo sin mÃ… al contrario, con conciencia o no, nos hace responsables de lo que elegimos.
A veces no es agradable mirar la sombra, pero personalmente creo que merece la pena si uno aspira a conocer y elegir con algo mas de claridad…
—————————————————————————————————————————————
Publicado en: La gracia del Vril
Tomado de: “Breviario de podredumbre”, E. M. Cioran

“Nacidos en una prisión, con fardos sobre nuestras espaldas y nuestros pensamientos, no podrÃamos alcanzar el término de un solo dÃa si la posibilidad de acabar no nos incitara a comenzar el dÃa siguiente…Los grilletes y el aire irrespetable de este mundo nos lo quitan todo, salvo la libertad de matarnos; y esta libertad nos insufla una fuerza y un orgullo tales que triunfan sobre los pesos que nos aplastan.
Poder disponer absolutamente de uno mismo y rehusarse: ¿hay don más misterioso? La consolación por el suicidio posible amplÃa infinitamente esta morada donde nos ahogamos. La idea de destruirnos, la multiplicidad de los medios para conseguirlo, su facilidad y proximidad nos alegran y nos espantan; pues no hay nada más sencillo y más terrible que el acto por el cual decidimos irrevocablemente sobre nosotros mismos. En un solo instante, suprimimos todos los instantes; ni Dios mismo sabrÃa hacerlo igual. Pero, demonios fanfarrones, diferimos nuestro fin: ¿cómo renunciarÃamos al despliegue de nuestra libertad, al juego de nuestra soberbia?…
Quien no haya concebido jamás su propia anulación, quien no haya presentido el recurso a la cuerda, a la bala, al veneno o al mar, es un recluso envilecido o un gusano reptante sobre la carroña cósmica.
Este mundo puede quitarnos todo, puede prohibirnos todo, pero no está en el poder de nadie impedirnos nuestra autoabolición. Todos los útiles nos ayudan, todos nuestros abismos nos invitan; pero todos nuestros instintos se oponen. Esta contradicción desarrolla en el espÃritu un conflicto sin salida.
Cuando comenzamos a reflexionar sobre la vida, a descubrir en ella un infinito de vacuidad, nuestros instintos se han erigido ya en guÃas y fautores de nuestros actos; refrenan el vuelo de nuestra inspiración y la ligereza de nuestro desprendimiento. Si, en el momento de nuestro nacimiento, fuéramos tan conscientes como lo somos al salir de la adolescencia, es más que probable que a los cinco años el suicidio fuera un fenómeno habitual o incluso una cuestión de honorabilidad. Pero despertamos demasiado tarde: tenemos contra nosotros los años fecundados únicamente por la presencia de los instintos, que deben quedarse estupefactos de las conclusiones a las que conducen nuestras meditaciones y decepciones. Y reaccionan; sin embargo, como hemos adquirido la conciencia de nuestra libertad, somos dueños de una resolución un tanto más atractiva cuanto que no la ponemos en práctica. Nos hace soportar todos los dÃas y, más aún, las noches: ya no somos pobres, ni oprimidos por la adversidad: disponemos de recursos supremos. Y aunque no los explotásemos nunca, y acabásemos en la expiración tradicional, hubiéramos tenido un tesoro en nuestros abandonos: ¿hay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sÃ?
Si las religiones nos han prohibido morir por nuestra propia mano, es porque veÃan en ello un ejemplo de insumisión que humillaba a los templos y a los dioses. Cierto concilio consideraba el suicidio como un pecado más grave que el crimen, porque el asesino puede siempre arrepentirse, salvarse, mientras que quien se ha quitado la vida ha franqueado los lÃmites de la salvación. Pero el acto de matarse ¿no parte de una fórmula radical de salvación? Y la nada, ¿no vale tanto como la eternidad? Sólo el existente no tiene necesidad de hacer la guerra al universo; es a sà mismo a quien envÃa el ultimátum. No aspira ya a ser para siempre, si en un acto incomparable ha sido absolutamente él mismo. Rechaza el cielo y la tierra como se rechaza a sà mismo. Al menos, habrá alcanzado una plenitud de libertad inaccesible al que la busca indefinidamente en el futuro…
Ninguna iglesia, ninguna alcaldÃa ha inventado hasta el presente un solo argumento válido contra el suicidio. A quien no puede soportar la vida, ¿qué se le responde? Nadie está a la altura de tomar sobre sà los fardos de otro. Y ¿de qué fuerza dispone la dialéctica contra el asalto de las penas irrefutables y de mil evidencias desconsoladas? El suicidio es uno de los caracteres distintivos del hombre, uno de sus descubrimientos; ningún animal es capaz de él y los ángeles apenas lo han adivinado; sin él, la realidad humana serÃa menos curiosa y menos pintoresca: le faltarÃa un clima extraño y una serie de posibilidades funestas, que tienen su valor estratégico, aunque no sea más que por introducir en la tragedia soluciones nuevas y una variedad de desenlaces.
Los sabios antiguos, que se daban la muerte como prueba de su madurez, habÃan creado una disciplina del suicidio que los modernos han desaprendido. Volcados a una agonÃa sin genio, no somos ni autores de nuestras postrimerÃas, ni árbitros de nuestros adioses: el final no es nuestro final: la excelencia de una iniciativa única - por la que rescatarÃamos una vida insÃpida y sin talento- nos falta, como nos falta el cinismo sublime, el fasto antiguo del arte de perecer. Rutinarios de la desesperación, cadáveres que se aceptan, todos nos sobrevivimos y no morimos más que para cumplir una formalidad inútil. Es como si nuestra vida no se atarease más que en aplazar el momento en que podrÃamos librarnos de ella”. E.M.Cioran



Deja tu comentario